HABLANDO A NUESTROS CORAZONES
Martes, 12 de Junio de 2018
 Esdras 3-5 | Juan 20
Por eso, como dice el Espíritu Santo: «Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan el corazón… — Hebreos 3:7-8

Cuando escuchamos la Palabra de Dios con sinceridad y motivación, grandes cosas suceden dentro de nuestro corazón. Cuando abordamos la Palabra de Dios con el interés y el deseo de conocerlo mejor, estaremos involucrándonos en algo más que un simple ejercicio mental. Pablo escribe en Efesios 1:18-19: “Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz”. Es importante que conozcamos intelectualmente la esperanza, la herencia y el poder que recibimos en Cristo, pero en nuestro corazón— el centro mismo de nuestro ser— es donde estas verdades deben echar raíces para que realmente ocurra un cambio en nuestra vida.

El corazón que no presta atención a lo que Dios dice se convierte en un corazón endurecido, en el cual las verdades de Dios no penetran. El faraón que gobernó mientras que los israelitas estaban en Egipto, endurecido su corazón en 14 ocasiones diferentes. En ocho de esas ocasiones, Faraón endureció su propio corazón, negándose a prestar atención al mensaje de Moisés de concederles libertad a los israelitas. Las otras seis veces, cuando las Escrituras dicen que Dios endureció el corazón de Faraón, se refiere a que Faraón había acumulado tal resistencia que el simple hecho que Dios hablara era suficiente para endurecer aún más el corazón de Faraón. Corremos el riesgo de experimentar tal endurecimiento cuando nos negamos a permitir que la Palabra de Dios hable a nuestro corazón y cumpla sus propósitos.
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Dios permanentemente nos está hablando a través de su Palabra, es por eso que es esencial que leamos la leamos y lo escuchemos. Hay tres tipos de preguntas que podemos hacerle al Señor Jesús que nos ayudarán a abrir nuestro corazón a su Palabra. En primer lugar, podemos preguntar: Señor “¿Qué quieres que aprenda? ¿Qué es lo quieres enseñarme acerca de Ti, o acerca de mí, o de los recursos que tengo en Ti, o de mi propósito en la vida?”. Y después de esto escuchar, y aprender. En segundo lugar, podemos preguntar, Señor “¿Qué quieres que reciba? ¿Hay alguna sabiduría, fortaleza, amor o algún atributo del fruto del Espíritu que quieras aumentar dentro de mí?”. Y después de escuchar a Dios, recibirlo. Finalmente, podemos preguntar: Señor “¿Qué es lo que quieres que haga? ¿Hay algún acto de obediencia en el que quieras que yo participe?”. Y después de escuchar, salir en dependencia de Él y hacerlo.

Solamente Dios puede ablandar un corazón endurecido, pero debemos estar dispuestos a escuchar Su voz. Nuestra prioridad al aproximarnos a las Escrituras debe ser disfrutar su Palabra y permitirle transformar nuestro corazón sin importar cómo la recibamos. Ya sea a través de sermones, canciones o las Escrituras, cuando Dios habla a nuestro corazón, Él nos está enseñando la verdad, la cual moldeará nuestra vida y aumentará nuestro gozo en Él.

ORACIÓN: Señor Jesús, rompe la dureza que hay en mi corazón y concédeme la voluntad y la disciplina para estudiar tu Palabra. Háblame Señor y abre mi corazón para que yo te oiga. Gracias Dios.
PARA REFLEXIONAR: Antes y después de tu lectura diaria de la Pablara de Dios y en dependencia de Dios, pregúntale a Dios lo siguiente y luego escucha: ¿Qué quieres que yo aprenda hoy Señor? ¿Qué quieres que yo reciba hoy Señor? ¿Qué quieres que yo haga hoy Señor?
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